Aunque las connotaciones asociadas al dolor sean negativas, lo cierto es que resulta ser un útil mecanismo de adaptación que aumenta la supervivencia: nos proporciona una valiosa información, avisándonos de que hay algo en nuestro organismo que no funciona bien. De hecho, cuando este sistema de alarma falla y no se perciben estos estímulos, quedamos expuestos a aquello que no está funcionando adecuadamente o se ha dañado, pueda empeorar.
Las personas que tienen algunas enfermedades neurológicas en las que no es posible percibir esta desagradable sensación que es el dolor, lo saben bien: por ejemplo, los diabéticos que sufren complicaciones neuropáticas. Algo tan simple como una piedrecita en el interior del zapato (que no llegan a notar) puede producirles una herida que luego no será sencillo que cicatrice.
Así que, después de todo, el dolor es útil para averiguar qué comienza a funcionar mal en nuestro cuerpo y poder ponerle remedio a tiempo.
No ocurre lo mismo con el dolor crónico. Algunas enfermedades conllevan un dolor casi constante con el que es difícil convivir. Además, ya no cumple su función principal, ya que la información que ha de dar, ya se tiene, y en su lugar resulta desagradable, destructivo e incapacitador.
En este tipo de dolor más complejo, en ocasiones se mezcla con otros problemas, y en otras, los produce: ansiedad, estrés, depresión, trastornos del sueño, alteraciones del estado de ánimo, etc.
Todos estos problemas inciden en el curso del dolor, ya que pueden alterar los sistemas internos que controlan su percepción, con lo que también resulta más dificil manejarlo, y afrontan de diferente forma el componente emocional, uno de los 3 que lo forman (los otros dos son el sensitivo y el cognitivo). Acaban creando un círculo vicioso del que es complicado salir: a más dolor, más alteraciones, y entonces, más dolor: se altera el umbral de tolerancia y lo que antes no resultaba doloroso, ahora puede serlo.
En este punto es donde la Reflexología es una técnica de primera elección. Mediante el trabajo en los puntos reflejos del sistema nervioso y otros, en función de las necesidades de cada individuo, se reducen tanto el estrés como la ansiedad, se mejora el sueño y aumenta la tolerancia al dolor, comenzando a notar los efectos desde la primera sesión.
Con la presión sistemática que se hace en la red de puntos reflejos adecuada se produce un "reseteo" que afecta a todo el organismo y que libera los niveles de tensión y el dolor, mejora la circulación sanguínea y creando una mejor comunicación dentro del sistema nervioso.
Marina Latorre Ros
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